20.12.05

 

EDITORIAL NOVIEMBRE



La presencia de Raúl Ruiz en Chile y especialmente su distendida charla matutina en la Escuela de Cine de Chile, al igual que el posterior almuerzo en el cual estuvimos involucrados, solo nos confirmo una serie de ideas que desde hace un tiempo pululaban por el aire de nuestra oficina. La primera y más obvia tiene que ver con el propio Ruiz y la construcción de una sistemática poética de un cine que apela a todas las posibilidades técnicas que estén a su disposición. El director chileno más cotizado en el extranjero, el más prolífico resulta ser claramente el más talentoso de todos. No existe en estos momentos en nuestro país ningún autor – el concepto se encarna en Ruiz de manera precisa- que sea capaz de asimilar tal cantidad y calidad de trabajo y al mismo tiempo mantener una voluntad de experimentación en su obra que lo ubica sin problemas al interior de la contemporaneidad cinematográfica. La distancia de su cine -no tanto como un modelo a seguir, sino más bien como una actitud seriamente lúdica ante la creación fílmica- enfrentado a nuestros incipientes proyectos es inmensa y por lo tanto tolerable egóticamente y estimulante en términos intelectuales.
El cine no es un arte, tampoco una industria, sino una artesanía placentera sobredimensionada. Ruiz rescata esa línea oculta tras el exceso sofocante de la academia de estudios cinematográficos y bajo el espesor mecánico y grandilocuente del cine como burocracia económicamente productiva. Al apostar por la creación desde el ejercicio intelectual, la manía del coleccionista, el borgeanismo atiborrado de maneras posibles para la construcción de sus cajitas con sorpresa, ha sido responsable de rescatar un cine en donde la manera de construcción es el gran tema, donde las trampas visuales, la retórica especular, los ejercicios cabalísticos y los chistes de doble sentido conforman una gran maquinaria productora de perplejidad y fascinación por la superficie.
Ruiz nos dio una lección como revista de cine – una lección oculta y obliterada por una historia china, una lección lateral a la vanidad crítica disimulada en una anécdota herética- llevándonos a resituar un quehacer que no alcanza a ser un oficio sino más bien un juego de niños introvertidos. La crítica de cine no es otra cosa que pura escritura, textos enmascarados que simulan indagar una obra ajena, pero que una y otra vez intentan recobrar la voz de su productor. Textos reluctantes que se niegan a operar solo comunicativamente, que reculan ante el tratamiento críptico del escritor que teme ceder a su propia pasión escritural. Apuntes que solo provocan otros apuntes, y en el mejor de los casos otros filmes. La crítica (se hace necesario la extinción de este odioso concepto) es texto resentido o deviene en prolongación de la obra. Se construye en base a la imposibilidad rencorosa de su autor por realizar su propia obra o se instala como un proceso amplificador y cocreador de esta. Todo texto opera sobre un filme de alguna medida, con algún nivel y con diversa intensidad.
Frente al crítico iluminista – el Pepe grillo de la enajenación cinematográfica – opto por el ensayista quinico, revertido de humor, capaz de disolver el peso intelectual de un filme en una risotada contagiosa. Enfrentado al autor de metalenguajes y conjurador de jergas impronunciables emplazo al estudioso esteta de frivolidad comprobada en donde todo pensamiento es una muestra de ingenio.

MIGUEL ANGEL VIDAURRE

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